Parecía no haber mas piruetas, ni vueltas, ni excusas, no haber nada que pudiera traerla de vuelta hacia él. Diez largos años, que ya no podían forzarse para ser un día más. No había duelo, porque de hecho no había nada. Asomo su pie fuera de la puerta, su simple curiosidad le sirvió para salir. Eran otros los colores de la ciudad, como si hubiese estado siempre cubierta por un papel celofán de un color cálido. Pero no había comparación, porque si los recuerdos ya no le servían para que ella vuelva, entonces podían dejar de existir. Una vez que atravesó esta puerta, precipitadamente sus sentidos se removieron. Hacia tiempo que su piel no sentía mas que otra piel, un aroma se desestanco de su nariz y ahora olía cada una de las comidas que se vendían en las calles que asombrado transitaba. La brisa lo envolvía como viento. Comenzó a llenar su nueva vida. Otra vez, inconscientemente, estaba formando una personalidad. Lograba elegir, por simple comparación, con su breve pasado de cinco minutos y con sus semejantes. Las cosas eran simplemente diferentes. El contraste era todo. No condenaba, ni buscaba absolutamente nada, simplemente andaba. Observaba y percibía todo, por dentro y por fuera, pero esta diferencia no existía. Su alma era absolutamente virgen, y su vida un papel en blanco escribiéndose a cada baldosa. La única resaca que quedaba de su pasado, se iluminó, el sol reboto en su mano izquierda y de ahí a su ojo. Por como venia su mente, tan solo debió observar algo dorado, brillante, suave y que calzaba justo en su dedo. Pero algo cambio, por primera vez desde que atravesó aquella puerta, un símbolo se hizo presente en su ser. Había algo mas haya, pero aun no podía divisar qué. Lo incomodaba mucho y no era físico, siempre estuvo ahí sin molestar. Se lo quito, y comenzó a mirarlo, sin cesar. Ese nuevo objeto que había descubierto parecía querer decirle que había algo que él no veía, como cuando uno despierta de un sueño, sabiendo que soñó, pero sin recordar exactamente que. Su recuerdo estaba apagado, pero no sus capacidades, pudo leer en su interior “Eneas y Esmeralda” y como si de repente recordara una parte importante del sueño, comprendió otro símbolo, su nombre. Terminó de confirmar todo lo que daba vueltas dentro de su mente, cuando alguien se sentó a su lado:
- Eneas, deja ese anillo, ya fue, lo que paso, es pasado. La vida es dura, pero trata de pasarlo lo mejor que puedas. Cuidate pibe.
Luego de estas palabras, sintió que sus pensamientos habían sido violados, ¿cómo un completo extraño había penetrado en su mente? En ese momento distinguió el adentro y el afuera. En el estado en que se encontraba, Eneas no fue capaz de digerir toda esa información junta. Las frases rebotaban una y otra vez en su mente. Comenzó a desmenuzar. Comprendió el valor de su nombre e identidad. Le puso nombre al objeto que aun permanecía en su mano. Confirmó su sospecha de que había algo que recordar. Del resto no entendió nada.
Se maravillo con cada instante de la huida del sol y poco a poco, olvido la frase que tanto lo movilizo. Se refugio en su hogar, con algo de frío, sin nada en el estómago ni en la mente.
A la mañana siguiente, despertó con unos labios sobre los suyos, lo imposible ya no lo era, extrañamente ella había vuelto y como habiendo olvidado la tranquilidad o como si el sueño hubiera tergiversado sus ultimas horas, la volvio a elegir, a ella. A ella antes que a la libertad que solo unas horas vivió.
AMOS
20/3/2007
lunes, 15 de octubre de 2007
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